La temporada de Kiwis en Nueva Zelanda

Mi percepción y experiencia sobre la temporada de kiwis (post rescatado del antiguo blog , publicado el 07.07.2016)

Llevaba tiempo lejos del papel, aunque nunca lejos de las palabras. Ponte cómodo porque este post se viene para largo. Muchos de ustedes preguntan cuál es la mejor época para venir a NZ, y si bien soy una fiel creyente de que en cualquier época te irá bien, sin dudas que venir a fines de febrero a la kiwi season y llegar a Tauranga-Te Puke es una buena alternativa, sobretodo si hablas poco inglés y llegas con poco dinero

Datos importantes de la temporada de Kiwis

1. Puedes extender tu visa working holiday si puedes probar 14 payslips de trabajo en rubro horticola y/o vitivinicola en NZ

2. La temporada  de kiwis empieza a principios de marzo generalmente y se extiende por tres meses aprox. Existen dos principales áreas durante la temporada: Picking & Packing. El picking consiste en cosechar la fruta, cortar los kiwis del árbol. El proceso siguiente, packing, se realiza en la packhouse, que es el área física donde se empacan los kiwis y donde puedes desempeñarte como:

  • Box maker (hacer las cajas).
  • Tray prep. (preparar las cajas)
  • Packer (empacar la fruta).
  • Stacker (apilar las cajas en los pallets).
  • Quality control (control de la calidad de la fruta).
  • Graders (separan la fruta aceptable de la rechazada).
3. Se puede trabajar alrededor de 60 horas por semanas en una packhouse.
4. Las principales packhouse alrededor de Te Puke/ Mount Maunganui son:
  • Trevelyans
  • Seeka
  • Eastpack

5. El sueldo es el minimo de 16.25 NZD por hora más 8% de Holiday Pay por ser confrato casual.

6. Existen turnos de trabajo dia y noche.

7. Es bueno aplicar de forma presencial en las pack, y puedes hacerlo con todas en un día.

8. De las dos empresas en las cuales trabajé, Trevelyans es la mejor en cuanto a trato con las personas y es muy responsable con el medio ambiente, y por su parte en Mount Pack trabajas más horas y ahorras más.

9. Pasé casi toda la temporada sin auto,por lo que no es imprescindible (aunque ayuda).

10. Si la recomiendo? Absolutamente!, y ahora te cuento por qué. La Isla Norte nunca me llamó la atención, pues salí de Chile con la idea de vivir en un lugar similar al sur (esa ironía de dejar un lugar para instalarse en otro exactamente tan familiar como el anterior, bien lo decía Leonardo DiCaprio en el inicio de la película «La Playa»), con clima de Sur, vivir el invierno con nieve, lejos de grandes ciudades, pero terminé pasando un par de meses en la Isla Norte. Así tenía que ser y todo esto tenía que pasar. Dejé Wellington para venir a vivir la experiencia kiwi de la que tanto había oído antes de llegar a Nueva Zelanda, en la conocida «Bahia de la abundancia». No tenía idea que podía extender mi visa si trabajaba 3 meses en algún rubro hortícola o vitivinícola y eso me motivo, si bien aún no he decidido si hacerlo, quiero tener la opción.

Le comenté a mi ex flatmate Nacho mis planes, aún insegura si tomar o no la decisión y me convenció diciéndome que conocería mucha gente genial aunque el trabajo era una mierda, y por su parte el Italiano me dijo «serás una mujer más fuerte después de eso». Ambos tenían razón.

El primer día en la Packhouse (lugar donde se empacan los kiwis) me quería meter un balazo. El trabajo era y es una mierda, monótono a más no poder. Mi puesto es de packer y mi función es acomodar kiwis en diferentes tipos de cajas que principalmente se exportan al resto del mundo. Todos los días hago lo mismo. El sueldo es el mínimo en Nueva Zelanda, 15.25 dólares neozelandeses por hora más el holiday pay de 8% por contrato casual y sacando cuentas gano un sueldo muy similar al que tenía en Chile como Ingeniero en una empresa contratista minera. Claro que acá la vida es más cara, pero para un Working Holiday es dinero que te permite vivir y ahorrar para continuar el viaje. Sobre la acomodación partí llegando a la casa de una kiwi que arrendaba piezas en Te Puke, capital mundial del kiwifruit, y el primer día que salí a ver trabajo firmé contrato. En la casa donde vivía habitaban mayormente latinos, más un indio , un español, una francesa y una australiana. La casa era súper linda, tipo sureña, todo de madera, un amplio patio, limpia, sistema de ahorro de agua, reciclaje, huerta  y otros detalles muy conscientes de parte de Collin, la dueña kiwi, me encantaban. Todos los domingos cosechaba de su huerta alimentos para donar a la gente menos afortunada. El lado B de Collin era que cuando se embriagaba tenía actitudes agresivas verbalmente y situaciones que nos incomodaban, y situaciones que pasaron con frecuencia durante mi estadía en su casa. No vivi allí más de tres semanas, ya que cuando un grupo de argentinos decidió mudarse a un departamento en El Monte (Mount Maunganui) y me invitaron a compartir casa con ellos , no dude en aceptar. Sabiendo que el trabajo era una mierda no quería que mi casa lo fuera también.

Caro, Bruno, Sebi, y las ultimas inquilinas Pini y Katrin se transformaron en mi familia norteña, y cada uno de ellos ayudo a potenciar los valores que busco adquirir en este viaje. El departamento que habitamos durante la temporada fue un pequeño nidito cálido frente al mar. Cuando digo «frente al mar» lo digo literal. Desde mi puerta hasta la playa si es que son 2 minutos caminando: sales del edificio, cruzas la calle, pasas del pasto verde al otro lado de la acera a un puente de madera natural, rodeado de pastizal seco, como trigo y ahí se abre a las olas. Cuando lo cruzo de noche me recuerda el cuento «El Principito», de Antoine de Saint- Exupéry, cuando el principito estaba en el desierto mirando  las estrellas y casi podía tocarlas, me siento igual. Me encanta pararme en ese puente en el crepúsculo y contemplar todas las texturas y colores, verde pasto, amarillo trigo, azul cielo, arena y agua.  Si miras a la izquierda ves a lo lejos El monte, un volcán extinto de una elevación de 232 metros  de elevación, súper verde, maravilloso.

Los argentinos con los que vivo son todos especiales, los niños son otra onda, diferente a la mía, más cercano a lo que quiero llegar a ser espiritualmente hablando. Pini -la mejor compañera de habitación que he tenido- es solo buena energía, luz y amor. Bruno es un pacifista por naturaleza, tiene una onda relajada y pura. Ellos dos son como esa gente buena de corazón, del alma, por eso de seguro son mejores amigos. Se conocen desde pequeños de un pueblito cerca de Buenos Aires y siguen creando memorias juntos. Ambos tenían ese mismo sueño de partir. Sebi es el payaso, 90% de lo que sale de su boca son cosas graciosas, es más acelerado, más como yo en ese sentido, me encanta estar en el trabajo y recordar las cosas que hablamos y cagarme de risa sola como loca. A Carito si tuviera que definirla en una palabra creo que sería «profunda», una restauradora enamorada de su carrera como nadie, inquietisima artísticamente, pintando mándalas y dibujando cada uno de los días desde que la conocí, muy apasionada en todos los aspectos de su vida. Katrin es como una vieja tchora, la mamá de la casa; con 22 años dejó su carrera de biología congelada en México para vivir una experiencia de viaje potente. A su edad la admiro, si fue capaz de tomar esa decisión tan chica ni me imagino el futuro que le espera.

Bueno, ya sabiendo que viviría con hispano hablantes por los próximos tres meses, me preocupó ponerme flojita con el Inglés, así que decidí buscar un segundo trabajo a realizar paralelo a la Packhouse donde interactúase con gente de habla inglesa si o si. Aquí vienen las vueltas de la vida; Durante el verano, cuando mi hermana mayor Paula vino a «dejarme», arrendamos un auto para viajar desde Auckland hasta Matamata a conocer Hobbiton, el set de rodaje de la famosa película de Peter Jackson (dato curioso: Peter fue nombrado miembro de la Orden de Nueva Zelanda-la mayor distinción que entrega este país- tras el éxito «El Señor de los Anillos», y hoy en día la Isla entera se siente como un set de rodaje gracias a él). A la vuelta decidimos pasar la noche en Tauranga, ciudad que nos quedaba en el camino. Recorrimos backpackers y un par de hostel, pero todo estaba lleno, plena temporada estival y no había acomodación, así que acordamos comer algo y dormir en el auto. Me sentía exhausta, si tenía poca experiencia conduciendo en mi país de origen imaginen conducir un auto manual, en otro continente y en el sentido contrario. Buscamos un lugar donde comer y todo estaba cerrado y de guinda de torta comenzó a llover. Lo único abierto era un restaurant italiano, «Volare», al que como gran fanática de la cocina mediterránea Paula no dudó en entrar. El mesero brasileño que nos atendió era un amor!, extremadamente atento y hablaba español con una fluidez envidiable, posiblemente mejor que nosotras (que hablamos chileno), lo que facilitó la conversación. Le comentamos que no teníamos alojamiento y gentilmente contacto a un hotel de la zona, el cual no tenía habitaciones disponibles, pero accedieron a alojarnos en la sala de conferencias, y sin más opción no nos quedó otra que aceptar. Cambiamos números con el mesero y tras instalarnos en la sala de conferencia de algo muy parecido al Hotel Budapest, llamamos a Mario para ir por un trago. Nos contó que su hermano se había venido de Brasil hacía años con la WHV y había echo camino en hospitality, siendo Volaré el primer producto de su emprendimiento. Esa noche catamos vinos con Mario en el local ya cerrado y pensé sinceramente que no lo volvería a ver.Casi tres meses después (me río mientras escribo esto, lo relato cómo si fuera una medida de tiempo tan larga, y es que para mí pasan demasiadas cosas en un mes acá, como siempre digo un año de working holiday es como un año de perro y siete de humano) volví a verlo, pues su hermano abrió otro local llamado «Suma Dining & Lounge Pizzeria», y es allí donde me desempeñé como mesera por mes y medio paralelo al trabajo en kiwifruit, convirtiéndome en colega de Mario.

Aquí perdí un poco el norte del viaje, atrapada entre dos trabajos, sin tiempo para nada más que cocinar, ducharme y dormir un par de horas, pero logré mi objetivo, y al cabo de un mes había ahorrado 2.000 dólares neozelandeses y compre el primer auto de mi vida, «La Olga», un Mitsubishi que me otorgaría la independencia que necesitaba para recorrer la isla.

Aún siendo las horas tan largas, los días se hicieron cortos trabajando tanto y el tiempo corrió rápido en Mount Maunganui. Luego de dos meses y medio se acababa mi paso por la temporada de kiwis y mi estadía en El Monte, donde conocí increíbles amigos de múltiples nacionalidades: Stuart, Nicola, Oscar, Adriana,  entre otros, son personas que tocaron mi corazón, no tengo idea si los volveré a ver algún día, pero me alegro de haber estrujado cada segundo con ellos.

La kiwi season me entregó amigos, valores, herramientas, paisajes, sensaciones y me hizo más fuerte, y más importante que todo eso, me hizo entender que todo en este viaje es acerca de las personas que conoces, que cada persona es un best seller de la vida. Habiendo comprendido esto creo que comencé el verdadero viaje, cuando descubrí que no tenía por qué hacerlo sola, cuando entendí que no es solo mi historia la que quiero contar, sino todas las que pueda. Esta temporada se convierte en uno de los mejores recuerdos que abrazaré en la vida.

Me sorprendí de mí misma al verme invitando amigos a una despedida de Mount M, más aún sabiendo cuanto las odio y yendo pre dispuesta a llorar (que no hay cosa que me cargue más en público), lo hice igual. Y si, me emocioné y fue triste decir adiós, sin embargo he aprendido que es algo necesario para el alma, algo merecido para cerrar ciclos. Creo que por primera vez en mi vida voluntaria y conscientemente no arranqué, y pucha me me alegro de haberlo hecho así.

Un abrazo,
Voy y vuelvo!
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